Nacionalidad contra legitimidad

12 07 2008

Si dejamos aparte su extremidad occidental, Francia, Portugal y España, la Europa de 1815 era un desafío al sentimiento nacional que había surgido en todas partes motivado, a la vez, por la difusión de las ideas de la Revolución y por el odio contra el conquistador francés. El sentimiento nacional obliga a que la comunidad de hombres a la cual se pertenece tenga su propio gobierno. Sin embargo, cuando hay que definir la comunidad nacional, las opiniones difieren.

Una primera escuela, principalmente alemana, considera la nacionalidad como un producto de los fenómenos inconscientes e involuntarios: en esencia, la lengua materna y las tradiciones populares. La lengua materna es la única que se aprende “involuntariamente”. Si la nación se define por su lengua, todos los que hablen francés deben pertenecer a Francia, todos los que hablen alemán a Alemania, tanto si quieren como si no. Esta teoría fue creada por Herder en el siglo XVIII. Pero mientras que Herder se preocupaba poco del Estado y hablaba en términos de naciones culturales, sus sucesores pretenden la identificación Estado-nación basado en la lengua.

La segunda escuela es principalmente francesa. Considera que la nacionalidad se funda sobre un fenómeno consciente y voluntario: el deseo de pertenecer a tal nación o a tal otra, deseo expresado de diversas maneras: plebiscitos, elecciones, votos de los representantes de la población. La fiesta de la Federación, el 14 de julio de 1790, estableció así la nación francesa. Si se sigue la teoría alemana o romántica, Alsacia, que habla un dialecto germánico, debe ser alemana; el país valón y la Suiza francesa deben ser franceses.

Si se sigue la teoría francesa o clásica, Alsacia es francesa porque ha demostrado su voluntad de pertenecer a Francia; a la inversa, la Suiza francesa, al rechazar su anexión a Francia, como lo manifestó en 1814, no es francesa sino Suiza.

Bélgica constituye un ejemplo excelente. Cuando en 1830 se sublevó contra los Países Bajos (que englobaban artificialmente a neerlandeses y belgas), algunos de sus habitantes habrían aceptado su anexión a Francia. La oposición de los británicos, hizo imposible la solución, y Luis Felipe, rey de los franceses, prefirió aceptar este punto de vista antes que arriesgarse a la guerra. De este modo, el nacionalismo belga, que ya existía, pudo darse a sí mismo libre curso y conseguir la creación de un pequeño estado independiente. Es notable el hecho de que este Estado haya sido formado por habitantes que hablan dos lenguas, el francés y el neerlandés. La revuelta contra la dominación holandesa partió de ambos grupos que acogieron con satisfacción la independencia. La nación belga es, pues, el resultado de la voluntad popular y no de la lengua. Bélgica y Suiza son naciones con varias lenguas. A pesar de las querellas lingüísticas del siglo XX en Bélgica, se trata, en ambos casos, de dos naciones sólidas en el pleno sentido de la palabra.

De este modo se comprende mejor el carácter antinacional de la Europa de 1815, basada, como hemos visto, en el principio de la legitimidad y en el equilibrio europeo. Dos naciones, la alemana y la Italiana, están divididas, la una en 39 Estados y la segunda en 7. Hay además dos grandes Estados históricos plurinacionales: el Imperio austriaco y el Imperio otomano.

En el primero, aparte de los austriacos de habla alemana, encontramos a checos, eslovacos, polacos, eslavos del Sur (eslovenos, croatas, serbios), húngaros, rumanos e italianos. En el segundo, aparte los turcos, encontramos a griegos, búlgaros, eslavos del Sur (sobre todo serbios), albaneses y rumanos. . .Finalmente, en todo el resto del continente existen nacionalidades sometidas: Irlanda al Reino Unido, Noruega a Suecia, alemanes al reino de Dinamarca, los finlandeses, los bálticos y los polacos a la Rusia zarista. Otros polacos están sometidos a Prusia.

Así, pues, el sentimiento nacional se ha convertido en una fuerza política. En todas partes los pueblos sometidos aspiran a la independencia; incluso en los Balcanes, donde el nivel de vida es más bajo y el analfabetismo más extendido, reaparece el orgullo de pertenecer a un gran pueblo. Los poetas exaltan la nacionalidad, los historiadores reencuentran las glorias pasadas, los filólogos depuran la lengua y restauran su nobleza. Al movimiento intelectual se sobreponen los movimientos políticos reformistas o revolucionarios. En resumen, por todas partes surge una potencia nueva, y todos los que miran hacia el futuro consideran con simpatía este estremecimiento de la libertad y de la dignidad humana.

Veremos cómo la Europa de 1815, construida contra la hegemonía francesa, chocará no contra una Francia cada vez más resignada y satisfecha, sino contra nuevas fuerzas que rechazan con horror el viejo principio de legitimidad convertido en mantenedor de una situación que juzgan intolerable.

Jean Duroselle, Europa de 1815 a Nuestros Días, Editorial Labor, Barcelona, 1981. P. 22-24


Acciones

Information

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: